El rostro de bienvenida a la subregión Guajira es una seguidilla de niños y adolescentes que venden gasolina. En el sector Paila Negra, en Mara, dos minutos antes del punto de control militar, los menores alzan sus brazos y agitan los embudos improvisados con los que despachan combustible a sus clientes. Cada garrafa tiene un precio de Bs. 160.
La zona fronteriza es peligrosa. Los numerosos enfrentamientos de los que ha sido escenario este municipio lo demuestran. Basta con recordar que el miércoles más de 100 motorizados armados desafiaron al Ejército por intentar detener a presuntos contrabandistas. El jueves, bachaqueros arremetieron contra un comando policial tras un decomiso, en Carrasquero, municipio Mara.
Ahora, esa alta oficialidad militar que fue cambiada por el Ejecutivo nacional el jueves, esa “sangre fresca” a la que se refirió el presidente de la Asamblea Nacional (AN), Diosdado Cabello, tendrá que controlar y erradicar a las mafias dedicadas al contrabando en la frontera.
Más adentro, entre Río Limón y Paraguachón, hombres y mujeres en “puestos” improvisados, hechos de palma y palos, venden las pimpinas de gasolina hasta en Bs. 350 y lo hacen como si se tratara de vender un producto cualquiera, sin temor a ser vistos, sin miedo a ser castigados.
Por esta vía, de más de 100 kilómetros desde Maracaibo hasta La Raya, se va más del 50% de los alimentos hacia Colombia. Así lo denunció Cabello, de la AN: “La excusa es que le van a llevar comida a los hermanos wayúu, pero los hemanos wayúu se paran en los caminos y ni un paquete de harina queda allí, todo se va a Colombia”, dijo.
A pesar de la presencia militar, del incremento de la seguridad con 11 puntos de control en la subregión, la realidad del contrabando golpea fuerte, el bachaqueo muta. Es evidente después del río Limón, en Sinamaica, Paraguaipoa y en los mercados de Los Filúos y Paraguachón.
Los contrabandistas se reinventan. Motorizados, carretilleros y decenas de carros congestionan el tránsito en los pequeños comercios. Mujeres con manta venden parrilla pero, además, los productos desaparecidos en los supermercados: harina pan, leche en polvo, pañales, café, jabón en polvo, mayonesa, papel sanitario y enlatados.
Ahí, muy cerca de la frontera, donde se ven más vehículo de placa amarilla (colombiana) un pote de leche enriquecida para niños está en 200 bolívares y un paquete de harina pan cuesta 60 bolívares. Ambos están desaparecidos de los mercados zulianos.
Pero mucho más cerca, justo al lado del peaje binacional que conduce hacia la zona en la que se encuentran la V (Venezuela) y la C (Colombia) hay una casa de cambio, similar a un abasto. Entre otros comercios y puestos de alquiler de teléfonos, está un cartón pegado a una pared en el anuncian que canjean dólares, pesos, bolívares y euros.
Mucho más cerca de la línea divisoria, está La Raya, donde a pesar de la alcabala militar y la presencia de migración, colombianos y venezolanos transitan de lado y lado ofreciendo “pasar” productos a cambio de 10 mil pesos, para que los militares no los decomisen. En el mercado paralelo, ese cruce de mercancía equivale a más de Bs. 300. “Ahí se prendió una raqueta porque los militares están decomisando comida. Si me da 10 mil pesos le paso maletas y bolsas a Maicao”, asoma un carretillero, mientras “caza” a sus clientes...