viernes, 7 de octubre de 2011

Lo que le debemos a Steve Jobs



Ver al mundo llorar la muerte de Steve Jobs nos recuerda los tiempos en que grandes multitudes de americanos se reunían para celebrar la inauguración de un nuevo puente o un nuevo ferrocarril. Hoy Steve Jobs es reconocido mundialmente como un genio creativo que ha cambiado nuestro mundo de forma profunda y para mejor. Hasta el presidente Obama, no muy dado a alabar a hombres de negocios, ha dicho: "Jobs ha transformado nuestras vidas, redefinido industrias enteras, y conseguido una de las hazañas más inauditas en la historia humana: ha cambiado la forma en que cada uno de nosotros ve el mundo".
Todo eso suscita una importante pregunta que hasta hoy nadie ha formulado: ¿Qué le debemos a Jobs, y a los genios productivos como él?
Por un lado, les debemos gratitud, la cual no siempre les damos: en este caso, Jobs es la excepción que confirma la regla. Pero les debemos algo más que eso, algo que ni siquiera Jobs ha recibido: Les debemos el reconocimiento de que sus logros son algo profundamente moral.
Si dedicar tu vida a crear valores que la mejoran es un logro moral, entonces no hay nada más grande y más noble que los genios creativos cuya capacidad productiva ha creado nuestro mundo moderno: un mundo en el que vivimos tres veces más tiempo que nuestros antepasados; en el que nuestros hogares están calientes en invierno y fríos en verano, y tienen luz durante la noche; en el que podemos atravesar un continente en cuestión de horas; en el que podemos darle las buenas noches a nuestros hijos desde el otro lado del globo.
Pero, lejos de reconocer que los grandes productores son unos ejemplos de moralidad, los apilamos con Al Capone y Bernie Madoff, como si fueran gente a la que hay que pararles los pies o por lo menos mantenerlos amarrados hasta que aprendan a servir desinteresadamente a los demás. Jobs llegó incluso a ser criticado por dedicar su vida a Apple en vez de a la filantropía.
Esta perversa actitud nos ha llevado a negarle a los héroes creativos como Jobs la tercera cosa que les debemos: libertad. Los innovadores, por definición, desafían lo convencional, y sólo la libertad protege su derecho a hacerlo. Cuando el gobierno viola la libertad, iniciando la fuerza contra los que producen – regulando sus acciones, controlando sus decisiones, despojándoles de su riqueza – está ahogando y a la larga aplastando la mente creativa.
Jobs fue capaz de prosperar porque la industria de la tecnología de la información aún es relativamente libre. Pero ¿qué habría pasado si hubiera sido objeto del mismo fango regulador que existe en la industria automovilística? ¿O si los burócratas de los años 70 hubieran empezado a dictar las especificaciones para la fabricación de microprocesadores o las normas de eficiencia energética para granjas de servidores? Probablemente nunca habríamos tenido esta revolución de la información.
Lloremos la pérdida de Steve Jobs, pero aprovechemos también esta oportunidad para mirarnos al espejo y preguntarnos si hemos tratado a Jobs y a otros como él como realmente se merecen.



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